jueves, 25 de abril de 2019

DEMASIADO TERRIBLE PARA SER VERDAD


Les voy a contar una historia, casi un cuento. Hace años, no muchos, durante lo que él mismo llamó la segunda transición, un periodista quiso gobernar España. Para ello tenía que derribar al presidente del Gobierno mediante un golpe de estado. Un golpe blanco, naturalmente. Un golpe incruento, sin sangre ni muertos. El tenía en sus manos un arma poderosa, un periódico, pero el presidente al que tenía que derribar había sido elegido en las urnas, una vez tras otra, con grandes mayorías. Así todo, el periodista quería derribarlo para ponerse  en su lugar, o a alguien que él mismo eligiera, ya que no le era posible presentarse a unas elecciones y ganarlas, por la sencilla razón de que muy pocos le votarían. Se trataba de una persona muy ambiciosa. Así que nada mejor que aliarse con el partido en la oposición para echar a aquel presidente del poder, nada menos que Felipe González. Primero intentó hacerlo valiéndose de una información privilegiada, en manos de un juez tan ambicioso como él, y estuvieron a punto de lograrlo. Es lo que conocemos hoy como el caso Gal, o dicho de otra manera, el terrorismo de Estado. Es cierto que no logró tumbarlo pero si debilitarlo de forma tan notable que en el año 1996, Felipe González, perdió las elecciones y dio paso a José María Aznar, del Partido Popular. 


Nuestro periodista gozó de enorme privilegios, pero no cesó de conspirar, esta vez contra el Rey Juan Carlos. Y, de nuevo, desde su periódico, propuso la necesidad de una República. El candidato sería  un atávico personaje de la transición, llamado García Trevijano. Pero el Rey, entonces, estaba custodiado por un general de indudable lealtad, el general Sabino Fernández Campo, al que había que eliminar, es decir sacar de la Zarzuela. Un buen día nuestro periodista, aliado con un banquero emergente que compartía con él la enorme ambición  de llegar al poder eludiendo las urnas, me refiero a Mario Conde, acudió a la Zarzuela para emponzoñar al Rey, para hacerle dudar de la lealtad de su general, tratarle como un delator, y expulsarle de la Zarzuela. Y también lo consiguió. No contento con ello al general se le dio un título nobiliario, conde de Latores. ¿Lo pillan? Por fin, pensó el periodista, estaba más cerca del poder. Ahora tan solo había que colocar las piezas en su sitio. Al banquero, Mario Conde lo llevaría a la presidencia del Gobierno, pero he aquí que salió rana y terminó con sus huesos en la cárcel por un delito económico. A última hora siempre había un imprevisto que impedía a nuestro periodista desarrollar su enorme ambición, pero no todo era mala suerte, él sabía cómo hacer del mal virtud. 


En el año 2004, horas antes de que los españoles votaran en otras elecciones generales, un atentado terrorista islamista hizo que los españoles negaran su confianza a Aznar y se la dieran a un socialista que presumía de tener baraka, buena suerte: José Luís Rodríguez Zapatero. De nuevo se alejaba nuestro periodista del poder. Había que derribar al nuevo presidente como fuera, y lo intentó desde el primer momento, negándole legitimidad democrática, y enseguida creando un ficticio complot y vertiendo sobre el nuevo presidente elegido la sombra de duda sobre el terrible atentado terrorista. De nuevo las casillas volvían a colocarse en el tablero en la  posición de partida. Y vuelta a empezar. Y de nuevo el azar, la suerte o la baraka, abandonó a Zapatero, que se vio arrastrado por una crisis económica mundial, la del año 2008,  y en otras elecciones generales, hubo de pasar de nuevo el poder al Partido Popular, al hombre que había designado Aznar como su sucesor en el partido, a Mariano Rajoy. 


Inasequible al desaliento el periodista de marras, intenta de nuevo resucitar su plan para derribar al Rey de la Zarzuela, y destapa un escándalo contra su yerno Urdangarín en el que el Rey se ve implicado o estaba implicado, eso difícilmente lo sabremos. Y de nuevo pone en juego su proyecto de una   República, y en los conciliábulos bien informados se cita el nombre de Aznar como nuevo presidente de esa República de nuevo cuño. Tres presidentes, Felipe González, José María Aznar y Rodríguez Zapatero caen bajo el hacha del terrorismo. Los dos primeros por el terrorismo de Estado y el terrorismo islamista, y el tercero por lo que ya se conoce como terrorismo económico.

El cuarto presidente de nuestro cuento, es gallego, que es tanto como decir que se las sabe todas, y debió pensar que nuestro periodista no podía seguir jugando a la política, así que llamó a los siete grandes empresarios de este país, al llamado poder económico y les pidió la cabeza de este periodista. Y se la dieron en bandeja de plata. Hasta aquí nuestra historia. Y colorín, colorado este cuento no se ha acabado. 


 Como en las películas de terror, una vez que creíamos al malo fuera de juego, este reaparece de nuevo y vuelve a amenazarnos. A las puertas de otras elecciones generales  el periodista, que no muerto sino mal enterrado, alza de nuevo la mano para decir aquí estoy yo. Y lo hace en el lugar menos esperado. En Televisión Española. Estoy seguro que le veremos de nuevo en alguna ocasión importante en esta misma cadena; que volverán los rumores, los intentos por subvertir la democracia, y más ahora que la derecha y la izquierda se presentan fragmentadas y que surge con fuerza la ultraderecha, cuando el nuevo gobierno resultante de las urnas puede resultar frágil.


Lo que ustedes se preguntaran es quien ha sido la mano que ha levantado la piedra para que el espíritu oscuro pudiera liberarse. Pero esta es otra historia, tan larga o más que la que nos ocupa. Demasiado terrible para ser verdad. Menos mal que se trata de un cuento. Otro cuento que merecerá la pena ser contado.  



sábado, 6 de abril de 2019

DE NUEVO, LOS VIEJOS FANTASMAS



Muy probablemente las elecciones generales del día 28 abril van a cambiar el panorama político español. Las últimas encuestas ya señalan en esa dirección y los líderes de los partidos políticos se posicionan por lo que pudiera pasar. Nadie duda que el ganador claro de las elecciones va a ser el Partido Socialista Obrero Español pero de ahí a que pueda gobernar hay un abismo. Por lo que parece PSOE y Podemos podrían no sumar y una alianza postelectoral que no se descarta sería la formada por el Psoe, Ciudadanos y Pnv pero está formula tiene dos problemas: que Ciudadanos no parece estar dispuesto y que Podemos ya ha anunciado que si de ellos dependiera no cuenten con su abstención pues votarían en contra, es decir le darían el Gobierno a la derecha más contumaz. Así las cosas, por lo que parece podríamos estar abocados a un Gobierno PP-Ciudadanos-Vox, una copia de la fórmula andaluza que se proyectaría también en gobiernos autonómicos y ayuntamientos con lo que el mapa político español daría un vuelco importante. 


En Cataluña, si nos fiamos de los sondeos,  parece que ERC ganaría las elecciones seguido a distancia de  Ciudadanos. El partido del huido Puigdemont bajaría notablemente y sus votos se irían a reforzar a la Cup que volvería ser una fuerza política importante a la hora de decidir alianzas de gobierno. Y el independentismo no deja de sumar adeptos, lentamente, pero sube. Y lo hará en mayor medida si se cumplen los vaticinios de un gobierno con la extrema derecha a nivel nacional. Eso es lo que está esperando el sector independentista catalán. Cuanto peor mejor. Romper la barrera del 50 por ciento y encaminarse hacia lo que Iceta ya anunció: una Cataluña con un 65 por ciento de votantes independentistas que haga realidad el sueño de la independencia. De esta manera Cataluña tendría un mayor apoyo internacional para sus fines, que no son otros que separarse de España. Estamos hablando a corto plazo. Tan es así que ya hay quien sopesa la posibilidad de acelerar al máximo el proceso y dinamitar el juicio que se sigue en el Tribunal Supremo en contra del intento independentista unilateral, en el caso supuesto de que se constituyera un gobierno de derecha extrema que trajera regresión en las leyes más importantes y viniera así a avalar el mantra tan extendido por los independentistas de que España no es una democracia plena. Si a eso unimos una actitud dura con el gobierno catalán, sea a través de la vía 155 o de otras medidas, que acrecienten la brecha separatista con el Estado español, entonces veríamos crecer  de nuevo el independentismo en Cataluña a la manera en que lo hizo con el gobierno Aznar.

 La campanada para esta nueva estrategia diseñada fuera de España, es decir en Bruselas, por el sector más radical del independentismo, sería el recomendar a las defensas más próximas a sus intereses, es decir las de Jordi Sánchez, Rull y Turull, y quizás también a la de Cuixart, que propicien un enfrentamiento frontal con el presidente del Tribunal que culmine con la expulsión de la defensa. Este gesto podría tener otros seguidores con lo que el juicio al Procés se iría al garete y comenzaría en Cataluña  de nuevo un clima de malestar creciente azuzado por los independentistas. Sea cual sea la sentencia del Tribunal esto parece importar poco a los encausados ya que, con todo probabilidad, intentarán acusar al tribunal de parcialidad iniciando una campaña internacional en contra que les lleve al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Es decir, llevar a Europa el problema. 

Los independentistas siguen ganando la partida. Han conseguido que crezca el nacionalismo español más rancio; que Ciudadanos abandone su línea centrista para apuntarse junto al PP en posturas más derechistas; han roto el poder de los Comunes en Cataluña haciendo que Podemos retroceda de forma importante y ahora de lo que se trata es de devorar al PSOE para impedir cualquier salida federalista al llamado problema catalán. Estas elecciones se juegan en clave nacionalista, un nacionalismo de derechas o de  ultraderecha, según se vea, algo que a las fuerzas de la izquierda nunca les ha producido especial atracción. Por lo que parece no hay  mejor cosa para resucitar a los muertos que mentar a los viejos fantasmas.

sábado, 16 de marzo de 2019

LOS MIMBRES DE UNA SECESIÓN


Para dar un golpe secesionista se necesita el recurso de muy poca gente. Un presidente o una presidenta del Parlamento que dirija con mano firme el cambio de las leyes que permitan llevar a cabo de forma unilateral un referéndum de autodeterminación; un presidente del gobierno autonómico que no dude, o si lo hace sepa rectificar en el último momento, con la sangre fría suficiente para llevar a su gente al abismo, si no tiene sangre fría, o duda, nos conformaremos con un iluminado; una o dos personas que movilicen de forma continua a la gente en la calle, aún y cuando esa gente no represente a la mayoría necesaria para afrontar una consulta de autodeterminación; y al jefe de la fuerza armada, capaz de enfrentarse al poder del Estado para incumplir sus órdenes y sus leyes. Es decir, que con cuatro personas podemos llevar a cabo un auténtico golpe secesionista,  ponernos la Constitución por montera y amenazar la existencia de todo un Estado.  


Si además contamos con la colaboración de un medio de comunicación mayoritario y la inestimable y oportuna presencia de un Gobierno de la Nación incapaz de articular la respuesta necesaria en el momento oportuno, el hecho de que una comunidad autónoma pueda independizarse se vuelve cada vez más real. Eso es lo que se desprende de lo hasta ahora visto y oído en las jornadas del llamado Juicio al Procés, que tiene lugar en el Tribunal Supremo en Madrid. 


Sin esas cuatro personas, o al menos sin la participación de alguna de ellas, el castillo de naipes del independentismo catalán se vendría abajo. La estrategia es bien sencilla: desde un primer momento se cuenta con un importante asesoramiento legal, y también de un dinero importante o del apoyo de un grupo de empresarios que lo tengan, para llevar a  cabo el proyecto, o la hoja de ruta, como así le llamarán utilizando el eufemismo.  Porque, naturalmente, de lo que se trata es de avanzar paso a paso como si se  tratara de un juego. De forma pacífica, con acciones cada vez más arriesgadas, que una lleve de forma natural a la otra, hasta llegar al precipicio. Y a la  hora de saltar, o de desconectarse, como lo llaman algunos, hacerlo pensando en que el vacio hacia el que se encaminan es algo así como un gran colchón de algodón blanco, un paraíso que nos aguarda. Para llegar a creer eso tiene que haber existido previamente un lavado de cerebros importante, lo que otros llamarán obra de concienciación nacional,  construir un relato que nos aleje de la realidad.  Cuando miles o millones de personas obran impulsadas por una razón patriótica de liberación, cuando lo que intentan es liberarse de un Estado opresor que no les permite expresarse libremente, que les roba,  que no les permite mantener su identidad, cuando esto sucede, familias enteras se lanzan a las calles para luchar contra el Estado opresor. Y se sienten legitimadas para hacerlo, más allá  de las leyes supremas que ese Estado opresor tenga. En una situación de asfixia tan extrema se antepone la democracia al ordenamiento legal y se recurre a la necesidad que el pueblo tiene de independencia a través del voto popular, del sufragio en las urnas.


Pero imaginemos por un momento que las razones que han llevado a esas cuatro personas a plantear de forma unilateral ese referéndum de autodeterminación no sean ciertas. Que no se den las condiciones necesarias para llevarlo a cabo, es decir, que no cuenten con la mayoría clara y necesaria de la población que les apoye, o que ese Estado en el que viven tenga una Constitución democrática, o que la asfixia de la que nos hablan no exista más que en la cabeza de algunos, es decir, que todo sea una farsa, una farsa llevada a cabo, como decíamos, por unos pocos, que arrastran a muchos, y que afecta a toda una comunidad. Imaginemos que lo que pensamos no resulte, que no tenga el apoyo internacional pensado, que el Estado no lo permita, es decir que todo se vaya al traste, que unos tengan que huir del país para evitar responder de sus actos y otros sean detenidos, encarcelados y juzgados por sus actos, entonces articulamos el plan B, lo que pacientemente nuestros asesores legales nos  han recomendado hacer. Decir que todo era una irrealidad, que se trataba de un plan virtual, perder la  memoria cuando nos interroguen y seguir manteniendo que aquí no ha ocurrido otra cosa que un deseo natural de la ciudadanía por ejercer su derecho al voto, su derecho a decidir como pueblo, frente a un Estado poco democrático. Nos comparamos con el holocausto nazi, nos apropiamos de la figura de Ana Frank, aquella niña oculta en su sótano que iba escribiendo su diario conforme el totalitarismo se extendía por toda Alemania y por casi toda Europa; desacreditamos al Estado que nos juzga, y sea cual sea el resultado del proceso decimos que se trata de una juicio sin garantías, que los presos son presos políticos; seguimos manifestándonos en las calles para pedir la liberación de los presos, intentamos seguir manteniendo viva la llama de nuestra revolución en todo el mundo; a los escapados le llamamos exiliados políticos, y seguimos poniendo a nuestros inculpados como cabeza de cartel una y otra vez cada vez que se celebren elecciones en ese Estado al que seguimos denominando como opresor, antidemocrático y fascista. Eso sí, puede resultar una paradoja que nos manifestemos libremente en las calles de ese Estado paramilitar, que participemos en sus elecciones, que podamos volver a formar gobierno, que ese gobierno no hable de otra cosa que de la independencia y apoye a los presos sin que nada suceda, y que el Juicio al Procés se transmita en directo para que toda Europa y todo el mundo pueda seguirlo paso a paso.  Y esa paradoja puede resultar que ponga al descubierto el falso relato, sobre todo cuando veamos y escuchemos todo tipo de falsedades, de silencios que encubren la verdad, de falsos testimonios que llevan al perjurio, de dobles verdades, por parte de quienes de haber triunfado el golpe secesionista nos hubieran gobernado, en nombre de la verdad, de la libertad y de la independencia.  

jueves, 7 de junio de 2018

OTRA FORMA DE CONCEBIR LA POLÍTICA


Por si no le conocen todavía, Iván Redondo es un joven analista vasco, curtido en los Estados Unidos, al que le encantan las series de televisión como The WarRoom,  House of Cards, El ala Oeste de la Casa Blanca o Juegos de Tronos,  que ve la política a través del prisma de la imagen  de los medios de comunicación y que asesora a políticos de uno u otro signo que intentan llegar al poder. Este consultor y analista político se distancia de las ideologías para conseguir sus objetivos. Lo que más preocupa a este analista y experto electoral en como conectar con el votante, con ese a veces escaso porcentaje de votos capaz de determinar que unos u otros lleguen a ocupar la Moncloa.

Confiesa Iván Redondo  que le hubiera gustado ayudar a Felipe González en 1982 pero entonces él tenía tan solo un año de edad y por aquel entonces  Felipe ya contaba con su propio asesor de imagen que no era otro que Julio Feo, el hombre que creaba frases, o daba titulares en cada uno de los mítines o reuniones en las que Felipe González se presentaba como el adalid de la modernidad frente a candidatos que representaban el pasado como Landelino Lavilla, Santiago Carrillo o Manuel Fraga. 

Decía entonces su alter ego, Alfonso Guerra, refiriéndose a los oponentes de Felipe, que “el tiempo les había alcanzado”, y ya se sabe, cuando el tiempo te alcanza ya puedes recoger los bártulos e ir a predicar a otro lado. Felipe González ganó aquellas elecciones porque era su momento y el tiempo en política lo es todo. Un político de  hecho es un producto con caducidad, todos ellos están condenados, aunque muchos parecen ignorarlo, a un final casi siempre triste y lamentable. 

Para auparles, para ayudarles en la escalada al poder, están siempre hombres como Julio Feo, José Luís Sanchís, Pedro Arriola o Iván Redondo. Cuando sus productos políticos se hacen invendibles, los  analistas que han cobrado muchos miles de euros por acompañar y asesorar al candidato, o bien desaparecen o se cambian de bando para ayudar al contrario, que es el que en ese momento está en ascenso.  

A pesar de su juventud, Iván Redondo, ya ha realizado el viaje de vuelta. De asesor del PP en Extremadura o en Cataluña, o del PNV en el País Vasco, a valedor de la moción de censura de Pedro Sánchez o de la formación de su nuevo Gobierno. Es el triunfo de la nuevo sobre lo viejo, piensa Iván sonriendo mientras el viejo Arriola repliega velas. Iván gusta de repetir que lo importante es la transversalidad. De ahí que Grande Marlasca ocupe la cartera de Interior o que un astronauta como Pedro Duque se encargue de la Ciencia y Tecnología. Cosas de Iván y de la mercadotecnia. Pero lo mismo que ha hecho esto no ha dudado en contar con sus compañeros de tertulia televisiva para incorporarlos a importantes puestos de la política como al joven Máxim Huerta, como ministro de Cultura o a Pedro Baños como Director de la Seguridad Nacional. 

Se trata de un gobierno mediático que ha conseguido arrancar del poder al Partido Popular y dejar perplejos a Ciudadanos y a Podemos. Y es que como dice Iván Redondo, una cosa es construir un relato político y otra bien diferente ejercer el poder. 

A partir de ahora prometo no perderme ninguna tertulia de Ana Rosa Quintana o de Susana Griso para poder saber por dónde soplan los vientos.   

martes, 12 de diciembre de 2017

LA MATRACA

Hace poco, conocimos la pequeña historia de un preso de la cárcel de Estremera , que harto de su compañero de celda, pidió encarecidamente al director de la prisión que le librara de ese tormento, que para él no era otro que el discurso continuo, reiterativo y cansino con el que su compañero ocasional le castigaba uno y otro día. Le decía que la independencia en Cataluña era una necesidad pedida por la mayoría del pueblo catalán; que  el Estado español- confundía Estado con Gobierno- les oprimía y no permitía expresarse libremente al pueblo catalán; que las fuerzas represivas del Estado les golpeaban cuando acudían a las urnas a ejercer su derecho; que el rey era una figura títere en manos de un gobierno corrupto y que en cuanto Cataluña alcanzara la independencia un mundo mejor se abriría ante la sociedad catalana. 

El preso de Estremera, que había vivido lo suyo, y que percibía la  realidad de otra manera, veía a su compañero de celda como un enajenado que le calentaba todos los días la cabeza así que decidió solicitar del director de la prisión el traslado de celda alegando que lo que no podía soportar era "la matraca" diaria a la que estaba siendo sometido. 

Pues bien, eso es lo que nos sucede a gran parte de los españoles, que nos sentimos prisioneros de ese discurso cansino, creado por los independentistas catalanes. Esa gran matraca nacional a la que tanto contribuyen los medios de comunicación, bien porque les reporta buenos beneficios o porque ven en esto el  principio de un culebrón periodístico, y  no dejan de bombardearnos, día tras día, con las opiniones de ese pequeño grupo de tabarras que han hecho de su problema el único por el que merece la pena vivir en este país que ellos consideran como extraño. Y los gallegos, los andaluces, los castellanos, los extremeños, los valencianos, y tantos y tantos otros, que no han podido disfrutar de las ventajas obtenidas durante años por los catalanes, tanto por los gobiernos del PP como por los de PSOE, viven atónitos esta catarata de exabruptos con los que a diario nos obsequia el ex presidente Puigdemont desde su autoexilio dorado de Bruselas o los militantes y dirigentes de Esquerra Republicana de Cataluña o los simpáticos rupturistas de la CUP.

Habría que aprender de ese preso de la cárcel de Estremera que se quejaba de la tabarra que le daba su compañero independentista, e intentar como él , abandonar la celda en la que nos encontramos, con altavoces y pantallas de plasma, que al más puro estilo de Orwell no paran de repetirnos uno y otra vez la misma matraca. Apagar los aparatos de televisión, de radio, dejar de comprar la prensa diaria, y centrarnos en los problemas reales de cada día, que no son, ni con mucho, los que el independentista Jordi Sánchez , intentaba grabar en el cerebro de su compañero de celda, hasta que este dijo , basta. El preso debió de pensar que bastante tenía con su condena como para además tener que soportar a su compañero. Porque, uno de los grandes objetivos de los independentistas catalanes, no es solamente separarse de España, sino que además están empeñados en que les comprendas.Y a eso, como el preso de Estremera, hay que decir, basta.