miércoles, 25 de marzo de 2020

COSAS QUE HACER EN MADRID CUANDO EL CORONAVIRUS SE HAYA IDO


Porque se irá. Y cuando lo haga otros virus vendrán. Dicen los microbiólogos  que debemos de acostumbrarnos a estas plagas.  Que cada virus replicará dos o tres veces, hasta que haya contaminado a una tercera parte de la población mundial y que tan solo así se debilitará. Los científicos insisten en que serán recurrentes y que hay que estar preparados. Que nuestros gastos en Defensa deben de ser desviados a fortalecer la sanidad pública. Y no sólo en España sino en todos los países del mundo. Son numerosos los ejemplos que nos ponen de todos los virus que cíclicamente azotan el mundo, que están en la cabeza de todos y me resisto a enumerar, muchos de ellos con vacuna y pese a ello, de momento, imposibles de erradicar. Los demógrafos se frotan las manos. He aquí una forma nada desdeñable de equilibrar la población mundial.


Hemos de acostumbrarnos a convivir con nuestros nuevos enemigos, que ahora descubrimos que no son los del bloque más allá del Telón de Acero (derribado el Muro, el enemigo se replegó a otras fronteras), ni tampoco aquellos que hace bien poco se situaban al otro lado de la Guerra de las Civilizaciones. No, por lo que parece, tampoco el terrorismo islamista más radical, hará temblar al mundo. Ahora será un diminuto ser, tan solo visible al microscopio, el que va a ser capaz de hacernos tambalear de miedo y, muy probablemente, a cambiar el mundo.


Es cierto que desde hace años, pongamos desde los noventa, otros bichos de dos patas han puesto nuestro mundo del revés. Y, a mi juicio, nos ha ido haciendo peores. Más individualistas, más excluyentes, más temerosos, y desde luego, más indiferentes ante lo que le pueda suceder al vecino.


Este virus nos hace ser cada día menos consumistas, más sociables, más reflexivos y, sobre todo, más valientes. Estos días ha salido de nuestro interior algo que llevábamos grabado en los genes desde hace siglos: nuestro carácter mediterráneo. No somos máquinas, como los miembros de la sociedad china, sujetos en su país a una televigilancia digital que nos asusta más que el coronavirus. Nuestros gobiernos, los occidentales, es cierto que no combaten al enemigo invisible disparando en una sola dirección. Desde nuestra trinchera cada grupo político dispara sobre el otro pero hay algo que nos une más allá de las ideologías, de las creencias religiosas y de los estamentos económicos. Algo grande, muy grande, que me hace concebir todo tipo de esperanzas: aplaudimos a nuestros héroes. Al cajero o a la cajera del supermercado, que por un sueldo miserable y sin la protección adecuada, aunque con miedo, permanece en su puesto, como soldado en su garita. A esa legión de hombres y mujeres de la limpieza, que todo lo tocan, con y sin guantes, con o sin mascarilla. A los sanitarios que se contaminan sin cesar, que lo dan todo por salvar una vida. La de un abuelo, un padre o una madre, como si a ellos y a ellas les fuera la vida en ello. A las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, al Ejército, convertidas de fuerzas de choque o fuerzas represoras, en fuerzas de control y ayuda social.  A los repartidores de las furgonetas; a aquellos que se desplazan a nuestros domicilios en bicicletas; en fin, la lista sería muy larga. A todos los que permiten que gran parte de nosotros pasemos esta guerra invisible instalados en nuestros hogares, pegados a un televisor, viendo esa serie de tanto éxito y que tanto nos atrapa, llamada Coronavirus. Sí, porque los ciudadanos del mundo estamos viviendo esto de forma desigual. En la Europa acomodada, nuestra generación que no vivió ninguna guerra (la de los Balcanes la seguimos a través de los informativos de la televisión), lo vivimos como una teleserie interactiva cada vez que cae alguno de los nuestros, o un amigo o amiga, o alguien cercano, sin que podamos verles ni despedirles. Vemos los féretros en los informativos, sabemos que algunos, para evitar su descomposición, se mantienen fríos en un gran Palacio de Hielo, y que los viejecitos de las residencias de ancianos desaparecen por centenares cada día.  

Si viajamos a África, y vemos el impacto que allí tienen las muertes por coronavirus en efecto es bien diferente. Allí apenas hay abuelos pues muy pocos llegan a viejos. El hambre y otras pandemias, no solo silenciosas sino también ignoradas por todos nosotros, se los han llevado antes. En África el coronavirus no es otra cosa que un problema más y no necesariamente el más importante. En América Latina, no es un drama, es una tragedia. Allí los sistemas sanitarios hace mucho que han sido arrasados, el narcocrimen campa a sus anchas por no pocos lugares, y mata tanto o más que el coronavirus, y desde luego de forma más cruel. En Asia, inmersa desde hace casi un siglo, en una de sus confrontaciones más duras entre sunitas y chiitas, entre salafistas y occidentales, entre judíos y árabes, o entre árabes entre sí, según en el lugar del enorme desierto en el que te encuentres, si cerca de los pozos de petróleo o instalados en esos eternos kilómetros de desierto de piedra, el coronavirus supondrá un alto en el camino, un dejarse de disparar por unos meses para dar entrada al diminuto virus y permitir que el virus, que no tiene religión ni ideología, siga perpetrando la matanza. En Australia y Nueva Zelanda, quizás por encontrarse en las antípodas, allí la gente, ajena a lo que se les viene encima, practica surf en las playas de la barrera de coral.


Pero hablemos de Madrid. En esta ciudad, hasta ahora tan abierta a todos, salimos cada día a las ventanas a aplaudir hasta que nos duelen las manos. Se escucha la canción Resistiré que algún vecino ha puesto a todo volumen. Por fin, después de tantos años de saludarnos como si fuéramos extraños, los vecinos de mi torre, nos reconocemos. Nos preguntamos unos por los otros, nos lanzamos besos, y de ventana a ventana hablamos de las cosas que vamos a hacer cuando el virus se haya ido.

sábado, 21 de marzo de 2020

LA PANDEMIA Y LA DESINFORMACIÓN


Siento estar en desacuerdo con nuestro monarca, Felipe VI, pues no creo que el coronavirus y sus consecuencias vayan a ser un paréntesis en nuestras vidas. A mi parecer, nada volverá a ser igual. Siempre habrá alguien dispuesto a aprovechar la pandemia y la gran debacle económica que arrastra tras de sí en beneficio propio. 

La carrera ya ha comenzado: Ray Dalio, una de las personas más poderosas en el mundo de las finanzas, presidente del fondo de inversión Bridgewater Associates, provocó el pasado día 9 de marzo una de las mayores caídas que recuerda la Bolsa española, aprovechando el pánico del coronavirus y la caída del precio del petróleo. Se trata de gente que juega a la contra. Que apuesta por el desastre y se enriquece con él.


De este encierro programado de una buena parte de la población mundial se están sacando numerosas enseñanzas y no todas positivas. Veo como la gente, en general, ve el crecimiento del teletrabajo como una nueva oportunidad cuando el virus nos de tregua, sin embargo no puedo dejar de acordarme de lo que en el año 2005 me decía el economista y sociólogo Jeremy Rifkin: que el proceso de deslocalización que estaba llevando a cabo el capital mundial en el terreno laboral tendería en pocos años hacia el teletrabajo; que una de cada tres personas trabajaría desde su casa y, muy probablemente, ello llevaría al trabajador europeo a tener que competir en inferioridad de condiciones en un marco laboral globalizado en el que lo que iba a predominar era el trabajo precario.


Otra de las enseñanzas a tener en cuenta es el papel jugado por internet y las redes sociales. Comprobar lo frágiles que somos frente a la desinformación y lo sencillo que puede resultar jugar con todos nosotros. Encerrados y manejados como muñecos a distancia. Cualquiera de los sociólogos estudiosos del comportamiento de masas del siglo XX nos dirían, gritando, desde sus tumbas: “¿Acaso no recordáis los que os repetíamos una y otra vez?”. “No, – responderíamos – no nos acordamos porque nos hemos olvidado de leer.”


Estamos enganchados a los teléfonos móviles, a la tablet, al ordenador, a los relojes inteligentes, y todo ello en lugar de ayudarnos nos ha debilitado enormemente. Élites, líderes, masas, poder, democracia, de todo esto nos hablaban Vilfredo Pareto, Gaerano Mosca y Robert Michells. Quizás hoy estos nombres no signifiquen ya nada y hayan sido sustituidos por otros como Beyonce, Shakira, Kin Kardashian, Cristiano Ronaldo, Donald Trump o Greta Thumberg, pero os puedo asegurar que hace años, en las universidades, eran muy tenidos en cuenta. Es cierto que eran otros tiempos. Que entonces hablábamos del pensamiento crítico, le dábamos gran importancia a la historia o a la filosofía, tomábamos notas con un cuaderno y un lápiz o bolígrafo y cuando nuestros profesores nos hablaban la de sociedad de masas y estudiábamos a Eco, a Mattelart o a Enzensbergen, sus advertencias y sus enseñanzas calaban en todos nosotros.


Hoy nos comportamos como un “rebaño desconcertado” y, tal y como nos advertían nuestros maestros, el periodismo se ha transmutado buscando nuevos formatos como la tertulia o el falso debate en el que campan a sus anchas nuevos personajes creados a imagen y semejanza de las cadenas para aumentar su audiencia.


Allá por los años sesenta, el  ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, gustaba de investir a los periodistas al modo del rey Arturo en Camelot. En una ocasión, durante una visita a la Alhambra de Granada, hizo arrodillarse ante él a uno de los guardas y lo invistió allí mismo periodista. A los pocos días este señor, para su sorpresa, recibió el carnet de prensa en su domicilio. De tal forma actúan hoy algunos conductores de los programas televisivos, estrellas de opinión que no dudan en fichar a famosos o nuevas promesas a los que ante el público invisten y presentan como “analistas políticos” o “politólogos. Estos sustituyen a las voces informadas, a los auténticos profesionales, y en su ignorancia llevan la osadía hasta tal punto que difunden todo tipo de opiniones, (gran parte de las veces, medias verdades entre las que cuelan todo tipo de elucubraciones), creando desconcierto y miedo entre la gente.   


La pandemia del coronavirus se ha convertido también en la pandemia de los teléfonos móviles. No dejan de sonar día y noche, son los miles de mensajes que unos transmiten a los otros, las emisiones en cadena de videos que transitan a la velocidad de la luz con contenidos falsos: unos recomiendan hacerse vahos con agua muy caliente, otros mantener unos minutos la respiración, otros no tomar ibuprofeno, condenan a los políticos por incapaces y extienden el virus de la intoxicación. Su origen está en países interesados en utilizar la pandemia como plataforma para desestabilizar a la ciudadanía europea. Las redes sociales echan humo y el pensamiento crítico ni está ni se le espera.

jueves, 19 de marzo de 2020

COSAS QUE DECIR A PAPÁ Y MAMÁ CUANDO ESTÁN SEPARADOS


El decreto del Estado de Alarma es ambiguo en cuanto al régimen de visitas que los padres separados pueden hacer a sus hijos y esto afecta a cientos de miles de personas en toda España que se están exponiendo a diario, de forma innecesaria, al contagio del virus. En las redes sociales son muchos los casos que se cuentan. Gran parte de ellos se refieren a los progenitores que no conviven con su hijo pero que sin embargo realizan a diario visitas al hogar de su ex pareja para ver y jugar con el menor. Sienten una gran alegría al ver a sus pequeños, abrazarlos, besarlos y decirles lo mucho que los quieren rompiendo así la cuarentena de la otra persona que tiene la custodia del niño o de la niña.


Padres y madres desaprensivas que confunden el amor con la irresponsabilidad hay muchos y muchas, por lo que se ve. Y curiosamente creen que pueden hacerlo amparándose en la ambigüedad del decreto dictado por el gobierno. Esta ambigüedad en la redacción es cierto que afecta también a otros colectivos en peligro, como puede ser el internamiento en el hogar de parejas que conviven mal y con problemas que se acrecientan todavía más con el encierro obligatorio pero hoy vamos a hablar de las parejas, con el régimen de visitas establecido por un juez, o de aquellos y aquellas que todavía no han pasado por el juzgado y lo llevan de la mejor manera por aquello del “buen rollo” y de evitar así perjuicios mayores al menor.


Uno de los casos que una madre relata es el de su ex pareja, con la que tiene un niño, y con el que le une una relación fluida. El padre tiene a su vez otra familia con la que vive pero reparte su tiempo acudiendo al domicilio de su ex para visitar a su hijo todos los días. Este hombre cree que las medidas de aislamiento o de higiene que toma su ex mujer con su hijo son exageradas y le llama “paranoica” o “exagerada”. El se desplaza naturalmente de una casa a otra sin que nadie en la calle se lo impida. E incluso acude a visitar a sus padres o a sus familiares. Y, por supuesto, trabaja en su empresa todos los días.


Esta bomba de relojería andante se siente respaldado por esa ambigüedad del real decreto que dice en su artículo 7 que sólo se podrá circular por la vía pública para ir a la compra , a la farmacia, a aliviar al perro o “asistir a personas mayores, menores o dependientes”. Con esta redacción tan ambigua, nuestro personaje puede ir a ver a su madre que vive sola, a su hijo que vive con su ex pareja y, por supuesto, al trabajo. ¿Qué cuarentena realiza nuestro esforzado padre que se desplaza además en transporte público de un lugar al otro? Si estuviera contagiado del virus se lo traspasaría a toda su familia, además de a su madre a su hijo y a su ex mujer. El se cree un gran padre, un gran hijo y una persona responsable pues cumple visitando a su madre, a su hijo, y además acudiendo normalmente a su puesto de trabajo, tal y como entiende que le está permitido al leer las normas dictadas por el Gobierno. Ante esto, su ex pareja vive en vilo, por ella y por su hijo, sin poder convencer a su ex de que los está poniendo en peligro. Respuesta: “eres una exagerada, no es para tanto”.


A estas alturas, los redactores del Real Decreto podrían hilar más fino pues son muchos los casos que se están dando en toda España. Este fin de semana, sin ir más lejos, los hijos en custodia compartida acudirán a visitar a otra familia, o otra casa, pues es el turno de su otro padre o madre, para regresar el domingo por la noche, quien sabe si contagiado, de nuevo al hogar en donde convive toda la semana.


Los menores, hijos de padres separados, van de un domicilio a otro, según del día o la semana que a cada uno corresponda. Así, se están dando casos como el de una chica de doce años que rompe su cuarentena para irse de la casa de su madre a la de su padre, quien a su vez vive en familia con otra mujer y dos hijas de esta, ambas en edad de trabajar, que salen a la calle, acuden a sus centros de trabajo y regresan cada día de nuevo al hogar sin saber si han contraído o no el coronavirus.


La ambigüedad en el texto del Estado de Alarma es utilizada, posiblemente de forma indebida, por padres y madres encantadores que a mi parece realizan unas cuarentenas muy particulares y ponen en riesgo y peligro a aquellos que se encuentran más indefensos.


Tú, padre o madre separado, estás en casa con tu hijo, intentando distraerle, para que el encierro se le haga más llevadero. Por la mañana deberes, dibujo, inglés. Por la tarde, ejercicio físico y lectura, además de otras muchas ocurrencias que se le pueden ocurrir al papá o la mamá para que las horas pasen más rápidas. De de pronto, suena el timbre de la puerta. El niño o la niña se abalanzan. Ha llegado papá o mamá a visitarte. Uno y el otro se funden en un gran abrazo. A esta hora los contagiados en España pasan de 17.000 y los fallecidos se acercan a 800. Y nos dicen que lo peor no ha llegado. Hay que decírselo a papá y mamá.   

miércoles, 18 de marzo de 2020

EL PÁNICO Y LAS CIFRAS


Esta guerra en la que estamos combatiendo para derrotar al coronavirus es un tanto peculiar. Luchamos contra un enemigo invisible. No vemos a los muertos en el campo de batalla, al igual que ya ocurrió en Vietnam o Irak, las autoridades se cuidan mucho de mostrarnos féretros, entierros o sufrimiento. Es sobre todo una guerra de cifras. Datos estadísticos, que a través de los grandes medios de comunicación llegan a los ciudadanos del mundo, la mayoría enclaustrados en sus casas por decisión de sus respectivos gobiernos.  


El miedo ha cundido entre todos. Cuando pase esta pandemia- así es como la califica la Organización Mundial de la Salud- los dirigentes del mundo sacarán sus conclusiones. Sin duda, una de ellas será lo sencillo que resulta conducir a la población mundial como un gran rebaño asustado y desconcertado (así es como lo llamaba el sociólogo Pierre Bourdieu). Después de este encierro mundial en el que somos dirigidos a través de las pantallas de nuestro salón, al modo de aquella fantasía futurista escrita por Georges Orwell (“1984”), el mundo estará preparado para cualquier gran medida económica que se le pida. Es la doctrina del Shock que tan bien nos ha explicado la periodista Naomi Klein.


Cifras, ruedas de prensa, comparecencias a través de la pantalla de la televisión, unas sin preguntas de los periodistas, otras con preguntas, qué más da si todos siguen la partitura prevista. 

Hagamos una pequeña reflexión: según nos dice la OMS, el coronavirus salva al 97% de quienes lo puedan contraer y mata al 3%, generalmente gente de edad con alguna complicación previa. Parece ser que se trata de un virus estacional que va a estar con nosotros poco tiempo. Comparado con las grandes enfermedades mundiales por contagio, parece una broma. Tengamos en cuenta que sin necesidad de remontarnos a la gripe del 1918 que arrasó los hogares, diezmó las familias, y se llevó por delante a cerca de 50 millones de personas en todo el mundo, sin necesidad de acudir a estas cifras, repito, tan solo basta retrotraernos a unos años atrás para ver como la llamada Gripe A, que atacaba fuertemente a los más pequeños, mataba a una de cada cinco personas, llegando a contabilizar más de medio millón de muertos en el mundo. O la gripe asiática de los años 1958 y 1968, con 4 millones de víctimas. O el Sida, que ya ha pasado de los 35 millones de personas muertas.


¿Qué es lo que tiene el coronavirus para ser considerado como el enemigo mundial a batir, que se extiende por todo el planeta a gran velocidad? ¿Qué pasaría si no se hubiera dado la alarma mundial y el virus se cobrara sus víctimas sin más, como si se tratara de una gripe estacional más ? ¿Era necesario hundir la economía mundial y llevar el mundo al borde del caos? Sabido es que los dirigentes del mundo no son los más preparados ni los más inteligentes,  ¿es posible entonces que algún poder con más inteligencia y con un interés claro pueda haberlos manipulado haciéndoles entrar en pánico? ¿Por qué razón los periodistas de investigación de los diferentes medios de comunicación- que los hay- no se han planteado la respuesta a alguna de las muchas preguntas sin respuesta que rodean este tema? ¿Será que estamos todos bloqueados por las cifras, que el encierro nos está anulando las neuronas? ¿Desde cuándo existe esta gran preocupación por los mayores si estamos acostumbrados a irnos sin ruido, en nuestras casas o en hospital, como la cosa más natural del mundo? ¿Nadie ha visto la sanidad pública colapsada?. Es cierto que el coronavirus se puede cobrar en España unas miles de víctimas. Hay muchas otras enfermedades que lo hacen. Tan solo el cáncer se llevará por delante este año en la Unión Europea a más de millón y medio de personas. Unos 112.000 en España, según el Instituto Nacional de Estadística, y ello no ha impedido que los diferentes gobiernos hayan recortado el presupuesto de la investigación contra el cáncer y obliguen a nuestros mejores cerebros a salir de España para intentar buscar trabajo. Lo mismo que miles de médicos y enfermeras que se encuentran trabajando fuera de nuestro país. ¿De qué estamos hablando entonces?-


Estos días tan solo oigo hablar de cifras, veo gráficos y curvas amenazadoras, pero no escucho nada diferente al discurso único. Cuando este virus nos abandone los periodistas deberíamos de hacer autocrítica y los políticos también. Pero sobre todo los ciudadanos, cada uno de nosotros: los que nos abalanzamos con furia sobre los estantes de los supermercados; los que huimos despavoridos de los centros de contagio para irnos a refugiar a otros más agradables y  hasta, posiblemente,  a contagiar a quien no lo está todavía; los que caminamos con miedo por la calle embozados tras  nuestras mascarillas; todos los que hemos cerrado nuestros cerebros y no damos la menor cabida a la duda, a la reflexión o a la pregunta incorrecta.


¿Qué pasaría si mañana un país decidiera afrontar el coronavirus como un virus estacional más? ¿Se lo permitirían el pánico y las cifras?


domingo, 15 de marzo de 2020

EL CORONAVIRUS VISITA EUROPA

El coronavirus ha venido a Europa a probar a sus instituciones y a sus ciudadanos. Se trata de un virus menor, poco letal, que ha venido a visitarnos mientras nos encontramos comodamente sentados en nuestros salones, viendo la tele, leyendo, escuchando música o teletrabajando, mientras realizamos esta cuarentena nacional de quince dias para evitar que debido al avance del virus nuestros hospitales se colapsen y no nos puedan atender como nos merecemos. 

No nos encontramos ante el ébola, ni ante la malaria o la fiebre amarilla, o el VIH, que tantos cientos de miles de personas se han llevado y se llevan por delante en los paises menos protegidos. No, este es un virús amable que protege a nuestros hijos y a nuestros nietos y le da el pasaporte a personas como yo, con una cierta edad y con problemas respiratorios que harían dificil poder soportar su virulencia. 

Decia que el coronavirus había venido para sacarnos los colores a los habitantes de esta Europa desarrollada y de esta España avaricioso, egoista y depredadora. Y tambien para crear una crisis económica de tales dimensiones que llevará a cientos de miles de personas al paro y a la desesperación en cuanto, tras unos pocos meses, el virus nos abandone. Y por supuesto, para hacer que la lista de millonarios en el mundo crezca, como tambien lo va a hacer la desigualdad y la inseguridad. Entonces los gobiernos, de nuevo, se apresuraran, a volver a rescatar a la economica financiera en lugar de fijarse en los ciudadanos. Veremos como el Banco Central o la Unión Europea se sacuden los bolsillos para sanear las finanzas internacionales. Recordad, entonces, lo que acaba de hacer la Comisión Europea: destinar una cantidad miserable para ayudar a los paises afectados por el coronarirus en Europa.

Este pequeño virus chino, que haría reir a cualquier ciudadano africano, nos ha puesto el espejo delante de nuestras narices. Y así, hemos visto como ante las medidas del Gobierno al declarar el Estado de Alarma, para evitar un colapso en la sanidad que impida que los infectados más graves tengan que morir en sus casas desatendidos,  ante una situación extrema, los independentistas catalanes y vascos, que viven en las regiones más ricas de España, hayan levantado la voz para atacar al Gobierno sacando a relucir sus derechos como nacion para evitar que el gobierno central legisle sobre ellos; o como el jefe de la oposición, Pablo Casado, disfrazado de bombero incendiario, aprovecha la ocasión para atacar al partido en el Gobierno, mientras su benefactor, José María Aznar, abandona Madrid con su mujer, para buscar acomodo en su lujosa mansión de Marbella.

Mientras tanto los medios de comunicación  aprovechan el tirón del coronavirus para convertirlo en un reality de 24 horas con audiencia millonaria garantizada. Y así, nuestros ávidos ciudadanos aparecen en las pantallas de televisión arrasando supermercados, mostrando la parte más insolidaria de si mismos o acaparando mascarillas que de poco o nada les sirven mientras el personal sanitario carece de las necesarias para su labor diaria. Esas caravanas de coches hacia la costa o la sierra para hacer la cuarentena turística, ese salvese el que pueda, es más repugnante que el coronavirus. 

¿Que ocurriría si el famoso virus atacara a nuestros hijos en lugar de a los abuelos? El pánico se convertiria en pavor. ¿Que ocurriría si para salvarnos tuvieramos que salir del país en lanchas neumáticas, escalar muros de espino, morir muchos en la travesía, y al llegar al país de asilo ser tratados como apestados? Esta es una guerra menor, poca cosa comparada a las que gran parte del mundo viene padeciendo mientras nosotros practicamos, como sociedad, nuestro deporte favorito, que no es otro que el consumo excesivo, acaparando todo tipo de objetos en nuestros hogares. Ha llegado el momento de ser generoso, de demostrar que a pesar de vivir en esta parte del mundo acomodado todavía nos queda algo de empatía. Ha llegado el momento de ponernos en lugar del otro. 

Los abuelos, que hemos visto y vivido  épocas peores- algunos recuerdan la gripe del 1918 con más de cuarenta millones de muertos, con familias destrozadas en toda España- no tenemos miedo y salimos cada noche a nuestras ventanas a aplaudir. A los sanitarios, a nuestros propios vecinos que están confinados como nosotros, a todos aquellos, que son muchos, que todavía viven con una cierta dignidad. Lo único que pedimos a los más insolidarios es que no nos averguenzen. Que huyan a sus chalets en la playa, o que hagan compras masivas en los supermercados on line, pero, por favor, que no nos sometan a la terrible prueba de hacer pública de manera ostensible su indignidad. Que nos sobrevivan mirando el mar y degustando todos esos kilos de comida que han comprado en exceso pero que nos dejen vivir o morir en paz, porque mientras lo hacemos, nosotros aplaudimos.